sábado, febrero 25, 2017

Picaresca británica


Aunque el término picaresca tiene profundo arraigo en la literatura española, por tanto en la vida misma, la actividad turística está confirmando algo que ya sabíamos de décadas: el turista británico se las sabe todas. Y si no las sabe, las aprende rápido. Todos recordamos la obsesiva manía de denunciar el robo de la cámara ante la Guardia Civil. Con aquel resguardo, a su regreso al Reino Unido se hacían con un buen pellizco de libras, fuera verídica o falsa la denuncia presentada en el cuartelillo de Ibiza.
Las aseguradoras debieron dar con una feliz solución, porque con el tiempo las denuncias disminuyeron. Ahora tienen la opción del móvil pues abundan los de 600 euros, incluso más, pero me temo que las aseguradoras no se chupan el dedo y es tal la cantidad que te piden por un contrato anti-robo que ya no debe compensar la farsa.
En todo caso, el turismo es terreno fácilmente abonado para el timo. Ya les hablé hace al menos un año sobre el último detectado: el turista denuncia que ha sido intoxicado por la comida del bufet del hotel o cualquier otra contingencia difícil de controlar; ya en su país se pone en contacto con cualquier gabinete de abogados, de hecho sobran, ya que han proliferado como setas, dado el alcance y la facilidad de dar el pego.

El alcance de estas denuncias han costado millones a los hoteleros de Benidorm y de Baleares. El operador turístico indemniza al cliente falsamente enfermado en España y en la siguiente temporada el hotel reintegra el dinero al operador. En todo esto, el hotelero no tiene voz ni voto. Solo puede pagar y tragar.
Observo que en Mallorca se encuentran agobiados y asustados por el alcance que ha tomado el problema. Lo cual me extraña, conociendo la eficacia de la asociación de hoteleros, que bien podría obligar al operador a desechar estas cláusulas abusivas o que pague las indemnizaciones. Que lo haga uno solo o quince no tendría eficacia, pero caramba, que son cientos y ya son mayorcitos.
El plan actual de hacer un seguimiento a los millones de turistas para revisar sus toallas, por si hay sangre o vómitos o de controlar sus movimientos para saber si no han enfermado, se me antoja empeño irrealizable. El hotelero no tiene por qué hacer de policía ni tiene por qué sobrecargar de trabajo a sus camareras de habitación.